lunes, 15 de octubre de 2012

Películas I



Bueno, ya era hora de volver a escribir por aquí. Demasiado tiempo he dejado que pasara. Lo cierto es que no estoy especialmente inspirado, pero algo tengo que escribir, así que voy a volver a un tema que apenas he tocado por aquí: el cine. Para que os hagáis una idea del tipo de películas que me gustan, ¿qué mejor que otra de mis listas? Pues sí: he aquí la primera entrega de mis 25 pelis favoritas. Vamos allá.
25.- Hannah y sus hermanas, de Woody Allen.
He visto bastantes películas de Woody Allen. Aunque con este tío, “bastantes” nunca son suficientes. Pero la cosa es que esta la vi sin demasiadas expectativas y me encantó. Para empezar, tiene a Michael Caine, uno de mis actores fetiche, en uno de sus mejores papeles (ganó el Oscar); el resto del reparto también es brillante; la trama es sencilla, pero llena de pequeños detalles y matices, elegantemente expuestos por un Allen especialmente inspirado en la dirección; y termina bien, algo que cada vez valoro más en historias de este tipo. Muy recomendable.
24.- Watchmen, de Zack Snyder.

Creo que la primera vez que tuve la sensación de estar presenciando un espectáculo grandioso en una sala de cine (más allá del asombro infantil ante las explosiones y las batallas) fue viendo Watchmen. Llegaba con muy poca información acerca de la historia, más allá de cuatro cosas que me habían comentado amigos o había leído en internet. Las colosales dimensiones del argumento, el vigor con que estaba contado, la cuidadísima estética, la profunda voz de Rorschach leyendo las palabras dementes de su diario en voz alta… Y la banda sonora. Bestial.
23.- Trainspotting, de Danny Boyle.

Esto es un clásico moderno y lo demás son tonterías. Dieciséis años hace de su estreno, y el nivel de devoción y culto que ha alcanzado es difícilmente comparable con otras películas de su época (quizás El Club de la Lucha). Lo cierto es que está llena de momentos míticos, icónicos, que han sido parodiados y homenajeados mil veces (el bebé que gatea por el techo, la huida inicial de la policía, la inmersión en el váter). Pero lo que distingue esta película, en mi opinión, son los personajes: Renton, Begbie, Spud, Sick Boy… son todos memorables, por distintas razones. Y, por supuesto, está Escocia. Y la heroína.
22.- Toy Story 3, de Lee Unkrich.

“¡Pero si es una peli de niños!”. Cierra el pico y contempla este espectáculo. 103 minutos de perfección a la hora de contar una historia. Una historia apasionante, de sentimientos encontrados y profundos, que no descuida el humor, llena de aventuras y con homenajes a clásicos del cine contemporáneo (La Guerra de las Galaxias, El Padrino, los thrillers de Scorsese). Y protagonizada por juguetes. ¿Y qué? ¿Acaso El Señor de los Anillos no mola porque los hobbits no son humanos? Lo importante es que la película te atrape. Y, si la dejas, esta película te atrapará.
21.- American Beauty, de Sam Mendes.

Una de las películas que más me ha sorprendido en mi vida, sin duda. La mejor película sobre los suburbios norteamericanos que se ha hecho (probablemente), contiene feroces críticas al estilo de vida de finales de siglo XX en Estados Unidos y Occidente en general. Nuevamente, sin embargo, la película se mantiene en el recuerdo gracias a unos personajes excepcionales: el padre de familia hastiado por su aburrida vida, la hija adolescente preocupada por su aspecto y por cómo hacerse mayor, la madre perfeccionista, dedicada a su trabajo, que vive atrapada por la imagen que quiere dar, el joven traficante de drogas obsesionado por grabar cosas en vídeo, la animadora engañosamente frívola… y más. Un tapiz de las patologías propias de nuestra época, mostrado con ingenio y rigor por un Sam Mendes brillante. Para verla una y otra vez.

Bien, de momento esto es todo. Ya veré cuándo vuelvo con la segunda entrega. Saludos.

viernes, 24 de agosto de 2012

My Beautiful Dark Twisted Fantasy (2010), de Kanye West

Finalmente, me he decidido a escribir una crítica de este disco, pese a todo. Con "todo" me refiero a: 1) No he escuchado la discografía completa de Kanye, sólo Late Registration y canciones sueltas de Graduation y The College Dropout, y nada de 808s & Heartbreak; 2) Se trata de un disco muy complejo en cuanto a la selección de invitados y samples, y resulta dificilísimo no ya hablar de todos ellos, sino incluso identificarlos; y 3) Si no me equivoco, contando este, he escuchado cinco discos de rap. Sin embargo, el impacto que este álbum ha tenido en mí ha sido extraordinario. De modo que allá voy.
En primer lugar, un poco de contexto: West venía de una situación complicada. Tras la ruptura de una relación de dos años y la muerte de su madre por complicaciones de una operación de cirugía estética (que el propio West había pagado), lanzó el disco de menos éxito comercial y crítico de su carrera, 808s & Heartbreak, en el que el auto-tune era omnipresente. Los meses pasaban y las polémicas en que se veía envuelto eran cada vez mayores. Hasta que llegó el día de los VMA's. Kanye tocó fondo, canceló su gira y se refugió en su estudio de grabación en Hawaii, donde comenzó a trabajar como loco. Es algo que él mismo comenta en sus canciones: trabajar en su música es su único vicio bien visto, y sin embargo es uno de los que más amargura le trae. Es una obsesión.  A lo que Kanye West hace no se le puede llamar componer, ni escribir; él edifica, construye sus canciones como castillos sonoros de tamaño imponente y precisión sobrecogedora. Y este disco es un ejemplo excelente, desde todos los ángulos.
Desde el primer tema, Dark Fantasy, se aprecia la mano de West, su sello único; "Can we get much higher?", recita el improbable sample de Mike Oldfield. Ya desde el principio parece evidente que estamos ante otra cara de Kanye, que no se trata del West deprimido. Pero tampoco es el Kanye de sus primeros discos, fresco, quizás demasiado, a veces. Es un Kanye más oscuro, o más bien más complejo. Quizás la mejor manera de constatar esto sea comparar dos de las mejores canciones del disco: la increíblemente megalomaníaca Power y la profundamente introspectiva y autocrítica Runaway. Mientras que la primera es uno de los mejores ejemplos de la extraordinaria habilidad de Kanye como productor (nuevo sample improbable: King Crimson), la segunda es una muestra de sus crecientes facultades como escritor. La letra muestra arrepentimiento y resignación sinceras, sin caer en la fácil autocompasión. "I'm so gifted at finding what I don't like the most", dice en el estribillo. Sabe que es insoportable y, por una vez, está dispuesto a reconocerlo. No sólo eso (también lo hará en Monster), sino que además se pone en el lugar de quien debe lidiar con él. "Never was much of a romantic:/ I could never take the intimacy,/ and I know it did damage;/ plus the look in your eyes is killing me". Consigue empatizar con quien le rodea y, al hacerlo, nos permite empatizar con él de verdad. Pocos músicos han sabido hacerlo en canciones tan preñadas de odio y arrepentimiento: Jota, de Los Planetas, Bob Dylan, Marvin Gaye, Ray Charles, Andrés Calamaro, Joaquín Sabina. No hay muchos más que lo hayan hecho.
Pero no es esta la mejor canción del disco. La mejor canción es una en la que participan, además de Kanye, Rihanna, Kid Cudi, Elton John, Alicia Keys, Fergie, La Roux, Tony Williams, John Legend, Charlie Wilson y The-Dream. Parece imposible, pero consigue encajar todo eso en sólo cinco minutos. Se llama All Of The Lights, y es la única competidora seria que Kanye ha creado para ser su mejor canción desde Touch the Sky. Nuevamente, temática sombría: un maltratador que pega a su mujer, después pega una paliza al nuevo novio de ésta y al que finalmente se le prohíbe ver a su hija. Pero esta vez, el protagonismo se lo lleva Rihanna, que se come la canción a bocados de su portentosa voz. Unos vientos, una base rítmica brutal y unos coros de lujo redondean una obra maestra del pop.
Pero My Beautful Dark Twisted Fantasy no es sólo esos grandes estandartes. Todas y cada una de las canciones aportan una nueva perspectiva, un nuevo detalle del opulento y decadente mundo de Yeezy. En Hell of a Life, renuncia a las drogas, ya que "pussy and religion is all I need", y nos describe con pelos y señales su matrimonio con una actriz porno. En Blame Game, vuelve al sótano de sus relaciones y nos habla de sus peleas amorosas, todo ello envuelto en una delicada melodía. En So Appalled saca su lado más gangsta, rodeado de varios de sus mejores amigos, y se reafirma frente a los haters. Así pasan las canciones, una tras otra, joyas en la corona de uno de los artistas más grandes de nuestra era.
El disco se cierra con una colaboración aún más improbable: Bon Iver, que presta su canción Woods para el estribillo de Lost in the World (en la que, esta vez sí, hay algún toque de auto-tune). Una vez más, la canción se edifica sobre contradicciones: "You're my devil, you're my angel,/ you're my heaven, you're my hell./ You're my now, you're my forever,/ you're my freedom, you're my jail". No sólo en lo personal: la canción habla de un recién llegado a la ciudad, parece que con optimismo, y sin embargo un sample le advierte: "run from the lights". Más aún: la canción termina convirtiéndose en un acompañamiento para la voz del mesiánico Gil Scott-Heron en Who Will Survive in America, un canto político sobre la situación social de los negros en los años setenta que invita a huir de Estados Unidos.
¿Conclusiones? Es difícil penetrar la mente de Kanye West. Con su brutal sinceridad nos explica que ama la fama tanto como la odia; que ama a su novia tanto como la odia; que se ama tanto como se odia. ¿Qué prevalece, pues? Quizá alguien pueda responder a esto, pero yo no. Creo que, en el mundo de Kanye, sin una cosa no existiría la otra. Sin odio no habría amor, sin ego no habría ternura, sin fama y excesos no habría música. Ni siquiera es capaz de hablar de su devoción religiosa sin meter de por medio el sexo (Devil in a New Dress). No sabe hacer las cosas de otra forma, pero, ¡demonios! ¿A quién le importa? Estamos ante uno de los mejores discos de los últimos años. No es perfecto: por poner pegas, Monster, So Appalled y Devil in a New Dress se suceden sin grandes altibajos, y juntas duran veinte minutos. No es que aburra, pero se echa de menos algo más de dinamismo. Y, bueno... en total, el disco dura sesenta y ocho minutos; una barbaridad, aunque merezca la pena. Pero se acerca mucho a la perfección. ¿Es mejor que Late Registration (una de las grandes polémicas entre los fans)? Creo que sí, aunque Late Registration sea también una obra maestra y, de hecho, sea más representativo del estilo de Kanye. Pero es que aquí lleva todos sus poderes a su máxima expresión. Es el producto de toda la carrera de Kanye. Es pop en estado puro.

Puntuación: 9.8

sábado, 4 de agosto de 2012

Curso de cinismo

Se habla de una nueva generación perdida. Hace tiempo que dejó de ser una consideración precipitada para convertirse en una observación empírica. Comprobar que más de la mitad de los jóvenes está en paro deja poco lugar a las dudas. Vemos reportajes, artículos de doble página, editoriales, tertulias en televisión, comentarios en redes sociales. La opinión es unánime: la generación más preparada de la historia de España tendrá que emigrar. Se insiste una y otra vez en la imposibilidad de encontrar trabajo como el factor más determinante en esta dramática situación. Embebidos en el torbellino de locura en el que entramos tras estallar la crisis financiera de 2008, mirándolo todo desde la misma perspectiva que usamos para cualquier cuestión (la estrictamente económica), sólo nos fijamos en el daño laboral que se ha hecho en estos años a la generación que viene. Para mí, en cambio, lo que resulta más terrible de la crisis es el aspecto moral. La ilusión que nos trajeron el 15-M y los movimientos mundiales de protesta, una extraña y hermosa fe en la capacidad de nuestro país y nuestro continente (y de la humanidad, incluso) de salvar este escollo y salir reforzados, vivir en un mundo más justo y democrático, se ha evaporado con facilidad, debilitada por la división interna, la intervención externa y la dura represión policial (amparada en una reforma del código penal de tintes fascistas). La situación actual no invita al optimismo.
Se han hecho mil y un recuentos de las razones para el desencanto hacia las instituciones públicas: privilegios de la clase política, corrupción endémica, políticas dirigidas a salvar las instituciones financieras, recortes constantes al Estado de bienestar... Hay mil motivos, pero todos ellos serían salvables con algo muy simple: esperanza. La esperanza nos permitiría luchar contra todos los obstáculos para buscar soluciones. Sin embargo, los cargos públicos, las personas que ocupan puestos de responsabilidad, se han encargado de aplastarla una y otra vez. Porque lo que ha destruido la fe de nuestra generación, y de la ciudadanía en general, en la política y en nuestras posibilidades de salir de ésta, ha sido, sobre todo, la actitud de los que se llaman nuestros "representantes". El presidente del CGPJ y el Supremo dimitió tras descubrirse que cenaba en restaurantes de lujo a costa de los contribuyentes; más tarde, pidió una indemnización por dimitir. Uno de tantos casos, pero quizás el más claro, el más hiriente, por tratarse de la figura más importante en la justicia española, aquel que más hincapié debería hacer en la necesidad de limpiar nuestra vida pública de corruptelas. Mientras, descubrimos que en Brasil han aprobado una ley para impedir que personas condenadas por corrupción desempeñen funciones públicas.
Ver el telediario estos días es triste. No es tanto por lo que ocurre, o por lo que cuentan los periodistas. Es más la certeza de que nada de lo que digan los políticos al respecto tendrá sentido. No es ya que mientan; es peor. Sencillamente no contestan: hablan y hablan sin decir nada. La gente pasa hambre, pierde su vivienda, no puede estudiar, apenas puede trabajar, y nuestros "representantes" no dicen más que vaguedades, naderías. Su juego ya no es el nuestro: se pelean por saber qué siglas tienen la culpa, cuando resulta transparente que la cosa ya no va de eso, que lo que sucede en España, en toda Europa, no tiene nada que ver con partidos o cargos electos; las decisiones ya las han tomado otros. Nos hemos vuelto (nos han vuelto) descreídos, escépticos, cínicos. Esto para mí sí que es perder a una generación: nos iremos a trabajar fuera, sí, pero es que no nos interesará lo que suceda aquí. No nos creeremos nada, no creeremos en nada. Esto es lo dramático, lo terrible, lo patético.
Hoy se ha confirmado que Xabier Fortes y Ana Pastor, dos de los periodistas más íntegros de este país, no seguirán en TVE. He recibido la noticia (y las falsas razones que alegaban lo responsables de la decisión) con menos rabia de la que esperaba: era una rabia residual, un acto reflejo. Eran los rescoldos de mi fe, que intentaban activar algo dentro de mí que se apaga lentamente. Ha sido entonces, al constatar esta trágica realidad, cuando se me han saltado las lágrimas. Ya ni tan siquiera miraré las noticias. ¿Para qué? Lo que no sea mentira, será absurdo, tétrico; no serán más que clavos en el ataúd de aquello en lo que yo creía. Quiero negarme, resistirme; pero ya ni eso puedo. Todo intento me parece vano, estéril. Lo han conseguido: lo último que nos quedaba, el derecho, la voluntad de negarnos, de resistir, ha desaparecido. El mundo es suyo. A todos los gurús, a los iluminados, a sus títeres, los ejecutores, a todos los que hoy celebran esta victoria, les digo: chapeau. Buen trabajo. Disfruten de su éxito, porque lo único que sé con total certeza es que será efímero. Caerán. Sépanlo. Y no sé los demás, pero yo no olvidaré lo que han hecho, lo que nos han hecho.

sábado, 23 de junio de 2012

No más miseria


Sin lugar a dudas, uno de los mejores trabajos del periodismo deportivo de los últimos años es la serie “Riqueza y Miseria en LeBron James”, de Gonzalo Vázquez. Motivado por la derrota, en 2008, de los Cavaliers de James (qué lejana queda ya esta expresión) ante los todopoderosos Celtics del Big Three, a la postre campeones, Vázquez escribió un artículo en que ponía de manifiesto dos realidades: a) Que ningún jugador en la historia de la NBA había conseguido ganar un anillo en solitario, por su cuenta y riesgo; y b) Que el increíble potencial de LeBron estaba siendo desperdiciado al apostar por un modelo de defensa férrea, juego a media pista y sin más anotadores que él mismo. Pasó un año, y la situación no había cambiado. Y escribió la segunda parte. Así hasta el año pasado, en que los Heat del nuevo Big Three, el polémicamente formado por James, Dwayne Wade y Chris Bosh el anterior verano, perdieron las Finales estrepitosamente frente a unos Mavericks avejentados y a los que muchos daban por acabados. La derrota en sí misma fue impactante, sin duda; pero los espectadores quedaron sencillamente horrorizados (o quizás entusiasmados, o quizás ambas) al ver que el Rey, The Chosen One, LeBron James en persona, renunciaba a tirar. Una vez. Y otra. Y otra. Y otra. El último cuarto evidenció las carencias de Miami (nadie más salió al rescate, nadie tiró del carro, ni tan siquiera el veterano y MVP de las Finales del 2006 Wade) pero, sobre todo, puso de manifiesto lo que el baloncesto de masas puede hacer con un jugador cuando está sobreexpuesto.
La cuarta edición de “Riqueza y Miseria en LeBron James” fue un toque de atención para el mundo del baloncesto. Nunca un equipo fue más odiado. Pero, si se piensa bien, el odio hacia el equipo no era más que un odio hacia James redirigido con afán estilístico, de elegancia. El que James decidiese unirse a Wade y Bosh en busca de su anillo, de sus anillos, era algo perfectamente natural, común en la NBA y el deporte americano en general. Sin duda las formas no fueron apropiadas (algo por lo que se ha disculpado más que suficiente), pero se decidió que, en esta ocasión, la decisión en sí misma era imperdonable. Habrá quien diga que James debió esperar pacientemente a que los Cavaliers juntasen a su alrededor un equipo campeón. Pero recordemos que los Cavaliers llevaban tres temporadas prometiéndole hacerlo, y ni una sola vez tomaron la decisión adecuada. Todo el mundo pone el foco en Wade y Bosh, y nadie parece recordar que la decisión la motivó otro factor humano: Pat Riley. Como entrenador y como directivo, Riley ha sido capaz de comandar a equipos hasta el campeonato durante tres décadas. Fue esto, el brillo de los dedos repletos de anillos de una leyenda de los banquillos y los despachos, lo que convenció a LeBron para llevar sus talentos a South Beach. Parecía una combinación ganadora, una fórmula infalible. Parecía la decisión adecuada.
La afición, la prensa y el resto de equipos no parecieron opinar lo mismo. Culpabilizar al mejor jugador del mundo (en potencia) por elegir aquello que le puede acercar más a ser campeón es hipócrita y ruin. Se puede ser más o menos simpatizante de un jugador o de un equipo o de un estilo de juego (yo mismo he querido la victoria de los Celtics en las Finales de Conferencia y de los Thunder del español Ibaka en las Finales), pero lo que ha sucedido estos dos años con los Heat ha sido malsano. Tras señalar el mundo del baloncesto, de forma muy legítima y acertada, que LeBron no había ganado nada, y que no sería el verdadero Rey hasta conseguirlo, él pareció entenderlo (si alguna vez no lo supo) y decidió encontrar a su Pippen. Entonces, el mundo del baloncesto se volvió en su contra. Todos los que aplaudían sus mates, los que se quedaban con la boca abierta ante sus pases, los que llenaban páginas y páginas con opiniones sobre cómo James debía llegar a ser campeón, parecieron ver en él una amenaza. La osadía de intentar ser el mejor se antojaba imperdonable. La rabia con la que se deseaba su fracaso llegó a extremos sencillamente obscenos. Y el mundo respiró aliviado cuando Dirk Nowitzki renació de sus cenizas y machacó a los Heat de manera incontestable.
Riley obró su magia en verano (llegaron el novato Norris Cole, tras una serie de traspasos, para aportar savia nueva y suplir dignamente a Mario Chalmers, y el veterano Shane Battier, para dar más defensa y esos triples desde la esquina que harían la vida más fácil al Big Three), pero aún dependía de James, Wade y Bosh, de los secundarios y de Spoelstra. Algo tenía que cambiar. Pasó el lockout y se repetían sensaciones, aunque con altibajos menos violentos. El juego de Miami es sencillo: defensa férrea, salida en transición rápida y que James y Wade hagan el resto. Tan sencillo, que era “fácil” que se descompusiera. Cada vez que un equipo triunfaba en la hercúlea tarea de evitar las pérdidas, tener buenos porcentajes en ataque y frenar los contraataques de las superestrellas de los  Heat, la táctica se deshilachaba y quedaba una lucha de dos (y medio, con Bosh) contra el mundo. Lo mismo que llevó a James al fracaso una temporada tras otra en Cleveland. Spoelstra no era capaz de encontrar soluciones, y los demás jugadores no ayudaban gran cosa. Las dudas eran razonables al llegar los play-offs: James era coronado por tercera vez como MVP de la temporada, alcanzando a Magic y Bird, pero el equipo necesitaba dar un salto de calidad para poder competir contra los otros tres grandes equipos: Chicago, Oklahoma City y unos rejuvenecidos San Antonio Spurs.
La suerte se puso en contra de los Bulls, que perdieron a Rose en el primer partido (y habrá que ver las consecuencias de la lesión para su carrera y el futuro próximo de la franquicia). Los Heat eran claros favoritos en el Este. Pero, ya en semifinales de conferencia, las cosas se ponían feas: Chris Bosh se lesionaba para la serie y los Pacers se adelantaban 2-1. Consiguieron salvar los escollos a base de defender con seriedad y dureza (a veces demasiada) y de la alternancia en el liderazgo entre James y Wade. Llegaron los Celtics, y la cosa parecía más fácil. Pero no, al contrario: tras ganar los dos primeros partidos, perdieron tres seguidos y se encontraron luchando por sobrevivir en el sexto partido en el Garden. Entonces pudimos apreciar un cambio. El cambio que se necesitaba. Cuando más presión había sobre sus hombros, en la misma situación en que había perdido los papeles y la oportunidad de entrar en la Historia varias veces, James anotó cuarenta y cinco puntos, treinta en la primera mitad, con una serie de tiro cuasi inmaculada. Una actuación histórica que cambió la eliminatoria y, como veríamos más tarde, el rumbo de los Heat en estos play-offs.
En el séptimo partido, entrando al último cuarto igualados, el Big Three (de Miami) respondió al completo: anotaron los últimos treinta puntos del equipo. Se acabó el sueño para los Celtics, que posiblemente se descompongan este verano. Pero fue determinante el que, tras la reacción de James, viniese la de Wade y Bosh, empujados por el que ya era claramente el líder del equipo desde principios de temporada. Fue una premonición de lo que ocurriría en unas Finales de ensueño: dos equipos a los que les encanta correr, dos quipos espectaculares, y el choque entre los dos mejores jugadores de la liga, LeBron James y Kevin Durant. El MVP contra el máximo anotador.
El primer envite se lo llevaron los Thunder. Jugaron con la seriedad y madurez que mostraron ante los Spurs al ganarles cuatro partidos seguidos en las Finales de Conferencia. Pero en el segundo cambiaron las tornas. Los Heat se lo llevaron con una gran actuación de James, que ha sido regular como nunca en los play-offs, y con Battier anotando diecisiete puntos importantísimos. No fue sólo la victoria: fue el cambio de sensaciones. La serie se iba a Miami y, si ganaban los tres en casa, serían campeones. Veían la línea de meta.
Este era el escenario en que se vinieron abajo los Heat el año pasado. El mismo en que LeBron se hundió hasta casi desaparecer. Pero las cosas habían de ser muy distintas en esta ocasión. En lugar de atascarse, de mostrarse ansioso, de frustrarse y perder la confianza en sí mismo, de tirar de heroica individual, como había hecho antes, LeBron se mantuvo calmado y aceleró al mismo tiempo. Se veía en sus ojos tras cada uno de sus tiros la determinación, la certeza de que este sí era su año. Pero su cuerpo hacía lo mismo de siempre, ni más, ni menos. Lo que ha distinguido esta vez a LeBron ha sido su papel como líder. Líder de un equipo. Por vez primera, los Heat han jugado como un equipo, y no como una mera colección de jugadores. Y ello gracias al liderazgo del mejor jugador del mundo. Chalmers en el cuarto partido, Bosh y Miller en el quinto, Wade en todos salvo el primero… han respondido al llamado de su jefe, de un hombre al que respetan y en el que creen. Ahora sí. Y así, sin necesitar anotar más de treinta y dos puntos en ningún partido de la serie, LeBron se ha llevado el título y el MVP de las Finales. Merecidísimamente.
El último partido fue especialmente representativo de esto. El triple-doble de LeBron atestigua estadísticamente algo que se vio en cada jugada, ese juego con el que soñaba Gonzalo Vázquez en sus artículos: LeBron como el playmaker, el creador de juego, más espectacular que se haya visto en años. Por sus condiciones físicas y por su visión de juego, estaba llamado a serlo. Al fin, tras nueve años estrellándose contra un muro (o varios: su propio ego, la incapacidad de sus compañeros, su ansiedad), lo ha logrado: un equipo gravitando en torno a su imponente figura, con un compañero de lujo en Wade con el que correr una y otra vez, un hombre interior (Bosh) al que nutrir en el pick and roll y triplistas abiertos aguardando a que crease espacios y les diese el pase para clavar una estaca tras otra en las aspiraciones de los jóvenes Thunder. Miami Heat gana la NBA, y LeBron James ya es una leyenda.
Las declaraciones que hizo en la rueda de prensa tras el partido son dignas de escrutinio. “Lo mejor que me pasó el año pasado fue perder las Finales, y jugando como jugué. Me hizo volver a lo básico, me hizo más humilde. Vi que tenía que cambiar como jugador de baloncesto y como persona para conseguir lo que quería”. Y lo ha hecho: al acabar el encuentro, abrazó a Kevin Durant, de sólo veintitrés años, que lloraba desconsoladamente, y habló con él. Quizás para decirle que él ya ha estado donde KD está ahora. Para decirle que llegará donde él ha llegado. Nueve años después, tras un largo y tortuoso camino, LeBron James ya es el Rey. Con todas las de la ley. Que lo disfrute este verano. El año que viene, volverá a las trincheras; y todos los demás también, a quitarle el trono.

viernes, 15 de junio de 2012

Canciones V (y fin)


¡Y finalmente alcanzamos el top 10! Debido a que estoy en periodo de exámenes, no he estado muy prolífico últimamente. Y lo que me queda. Pero al menos dejo esta lista ya cerrada y puedo hablar de otras cosas. Y mis diez canciones favoritas son (drum roll)…
10.- Seven Nation Army, de The White Stripes
Sin duda, el riff más conocido de este siglo. Todos hemos tarareado esta canción al menos una vez. Pero es que además de ese archiconocido riff, la canción es brutal: todo lo que los White Stripes supusieron para el rock encapsulado en cuatro minutos. Y qué solo…

9.- La chica de ayer, de Nacha Pop
Una de las mejores canciones de la historia del pop en España. He crecido con ella, y sigue siendo parte de mi banda sonora vital. Antonio Vega era un genio: tiene otras dos canciones que podrían estar en esta lista (Lucha de Gigantes y El Sitio de mi Recreo).

8.- Segundo Premio, de Los Planetas
A mí no me gustaban Los Planetas. Juro que no. Pero entonces escuché Segundo Premio. Ya sí que era irreversible. Cambiaron mi percepción del pop radicalmente, y me adentré definitivamente en el mundillo del Indie. Y no ha cambiado nada: aún es de esas canciones que, en cuanto suena, dejo todo lo demás para sacudir la cabeza al ritmo de la poderosa batería de Erik.

7.- Snow ((Hey Oh)), de Red Hot Chili Peppers
Y de una de las últimas incorporaciones a la más antigua que recuerdo. Era yo un enano cuando entre mis amigos y mi hermano mayor me engancharon a Red Hot Chili Peppers. Cuando sacaron el Stadium Arcadium y escuché esta canción, me enamoré al instante. Y aún hoy sigo alucinando con la exhibición que hace John Frusciante en la guitarra y la suavidad de la melodía, con ese final lleno de energía. Me encanta.

6.- Hurt, de Johnny Cash
En el caso de Te debo un baile, puse tanto la versión original como el cover. En este caso no hace falta la original: Johnny Cash hizo suya por completo esta canción sobre la culpa. Te encandila desde la primera escucha, pero crece conforme pasa el tiempo. Brutal.

5.- Flaca, de Andrés Calamaro
Volvemos a ponernos moñas. Esta canción nos unió mucho a cierta personita y a mí durante un caótico viaje de estudios a Madrid. No paraba de sonar en la radio. Han pasado muchos años, y ahora la personita y yo somos pareja. Escucharla nos recuerda otros tiempos, mucho peores, desde luego, pero también la suerte que tenemos de estar juntos. Una preciosidad del genio Calamaro.

4.-You Can’t Always Get What You Want, de The Rolling Stones
Pues, para ser sincero, creo que esta canción es mi favorita del rock and roll. Mucha gente tiene algún momento o algún tema del que dice: “esto es el rock and roll”. Para mí, es este. Se acaban los sesenta, se acaba la fiesta, se acaba la revolución y pocas cosas han cambiado… pero ya se sabe: no siempre se consigue lo que se quiere.

3.- El rocanrol de los idiotas, de Joaquín Sabina
Don Joaquín tiene un lugar importante en mi corazón, sólo superado por otro cantautor del que os hablaré en seguida. A mí me gustaban más Y Sin Embargo y Más de Cien Mentiras, pero es que este tema lo tenía olvidado en algún apartado rincón de mi memoria. Lo volví a escuchar hace cosa de año y medio y me sedujo por completo. Tiene algunas de las mejores frases de Sabina y está arreglado y producido con esmero. No puedo tirarme más de una semana sin escucharla.

2.- Tangled Up In Blue, de Bob Dylan
Con una diferencia abismal, mi artista favorito de todos los tiempos. Conecto con su música a tantos niveles, de tantas maneras… y además con música de casi todas sus épocas. Pero esta canción es la más especial: en Blood On The Tracks alcanzó su techo como contador de historias, y Tangled Up In Blue es el mejor ejemplo. Amor, abandono y búsqueda a través de unos EE.UU. que siempre lucen mejor cuando él los retrata. Una joya.

1.- Wish You Were Here, de Pink Floyd
No hay adjetivos para describir esta canción. Se define sola. Aunque la historia que hay detrás sea sobre el pobre Syd Barrett, cada persona le da un significado distinto, la relaciona con personas distintas o momentos diferentes de su vida (como con todas las grandes canciones). Es la única canción que me supera por completo: la escucho y mi cuerpo y mi mente se divorcian, me atacan los escalofríos mientras recito la letra. Es la única.

Y fin. Esas son mis cincuenta canciones favoritas en este momento de mi vida. Espero que os haya gustado mi lista y que no se os haya hecho muy pesada. Gracias por leerla. Un abrazo.