domingo, 15 de abril de 2012

Estado policial


Si yo tuviera veinte años, probablemente estaría en Londres, buscando trabajo [en lugar de en la Plaça Catalunya].
Felip Puig, Conseller d’Interior de la Generalitat de Catalunya.

No, no me refiero a la canción de Extremoduro, de eso ya hablé la semana pasada. Me refiero a la situación que vivimos ahora mismo.
De acuerdo, quizás exagero. No vivimos en un Estado policial, ni mucho menos. La policía no tiene derecho a espiarnos como en La Vida de los Otros (probablemente lo hace en ciertos casos, pero a buen seguro se formaría un escándalo si se descubriese), ni a registrar tu casa sin una orden judicial, ni a ejercer la violencia impunemente…
Un momento, retrocedamos un poco.
El día 27 de mayo, en la Plaça de Catalunya en Barcelona, los Mossos d’Esquadra realizan una carga policial con el objetivo de desalojar dicha plaza para limpiarla, según informan los agentes. Es vox pópuli que el objetivo era distinto, pero no entraré a valorar esto. La cuestión es que los que ocupan la plaza, los “indignados”, los perroflautas, deciden que no se van. Algunos responden agresivamente, con insultos, a la policía. La mayoría sencillamente se sienta y decide no moverse. Ante tamaña osadía, los antidisturbios cargan brutalmente, rompiendo brazos, abriendo brechas en la cabeza y provocando graves contusiones. Como demuestran las imágenes, agredieron a periodistas, jóvenes, personas de edad avanzada e incluso a indigentes que dormían en la plaza, ajenos a la situación que se desarrollaba a escasos metros.
Estos son algunos de los vídeos que nos muestran la situación que se vivió aquel día. Finalmente, fue imposible desalojar la plaza. No voy a enzarzarme en debates acerca de si la actuación policial fue más o menos dura, o si tienen razón unos u otros, porque está claro que se parte de dos paradigmas distintos. A mi modo de ver, lo que está claro es que el planteamiento policial fue idéntico al que se tiene al tratar con grupos violentos. Pues bien, es eso lo que quiero cuestionar: ¿es legítimo considerar que la policía debe actuar en situaciones de resistencia pacífica de la misma forma o con una violencia similar a la que se da en casos de violencia por parte de los manifestantes?
Pensaréis que esta postura es una locura; pues bien, hace unos minutos, en el programa Salvados, de laSexta, el comisario de policía Sergi Pla ha afirmado que la resistencia pacífica es una forma de violencia, por el sencillo motivo de que se desobedecen las órdenes de la policía. Podréis encontrar las declaraciones en la página de laSexta en cuanto suban este episodio.
Supongamos por un momento que, de hecho, ese día era necesario, imprescindible, limpiar la Plaça Catalunya y que la presencia a menos de 500 metros de los miembros de la AcampadaBCN lo imposibilitaba. Ante una actitud de desobediencia civil por parte de los ciudadanos, ¿la respuesta de la policía debe ser esta? ¿Se debe agredir brutalmente y sin distinciones a todos los allí presentes? Dejando fuera las obvias “salidas de tono” puntuales de algunos agentes, como los insultos captados por las cámaras o las persecuciones surrealistas a personas concretas que les habían insultado, el comportamiento de la policía fue el que se tendría en una zona de guerra. ¿Es esto lo que creemos que debe hacer la policía?
Pues me voy a mojar. NO. Muchas veces se olvida quiénes son los policías y cuáles son sus obligaciones. Tienen la obligación de protegernos. Cuando la situación es potencialmente peligrosa para los propios manifestantes, la policía debe ser contundente. Pero ese no era el caso. Aquí, el único riesgo era que una plaza no fuese limpiada. La policía es el instrumento del Estado para asegurar el respeto de las libertades. Atención al detalle: no para asegurar el orden, sino para asegurar que la situación social sea tal que podamos desarrollar nuestras libertades con normalidad. La única libertad vulnerada aquí es la de la utilización del espacio público para reivindicar de forma pacífica y responsable una serie de ideas políticas y sociales, y la viola la policía. Cuando esta libertad entra en colisión con la necesidad de limpiar una plaza, la respuesta no puede ser violenta.
No olvidemos otra cosa: si insulto a un policía, él no puede insultarme. Si le agredo, él no puede agredirme. Puede detenerme, que es algo bastante distinto a o que muestran las imágenes. Porque los ciudadanos no estamos obligados a mostrar respeto (en el sentido puramente actitudinal de la palabra) por la policía, sino viceversa. Si no es posible detener (o desalojar) a una persona sin utilizar la violencia, la respuesta de ésta es no violenta y la situación no es potencialmente peligrosa para ningún ciudadano, como parece que fue el caso, ¿qué justificación existe para realizar esa detención o desalojo de forma violenta?
El papel de la policía se ha visto cuestionado desde entonces durante los incidentes ocurridos el verano pasado en el transcurso de las JMJ, y a posteriori con las agresiones a estudiantes en Valencia. También en EE.UU. ha habido incidentes de este tipo. En todos estos casos, hemos encontrado justificaciones a la actuación de la policía. Desde dentro, claro está. Pero sobre todo desde fuera: políticos que consideran que esta es la forma en que la policía debe actuar. Ellos son los que me preocupan: la policía, bien que mal, hace su trabajo, y algunos agentes pueden extralimitarse; pero son los responsables políticos los que realmente ponderan el uso de violencia que se considera adecuado. El límite de lo aceptable va claramente en aumento, más con la reforma inminente del Código Penal. De modo que estamos convirtiendo a la policía en un instrumento que asegura la paz social, cueste lo que cueste y sin importar las circunstancias, las consecuencias o lo que haya de por medio. Un instrumento irreflexivo que solamente ejecuta órdenes. Y estamos consintiendo que su inviolabilidad esté por encima de derechos esenciales de los ciudadanos. No nos dejemos engañar: este no es el papel de la policía en una sociedad democrática y moderna. Al menos, no debería serlo. Porque lo que trasluce esta concepción de “paz social” no es más que fascismo: las libertades importan menos que el orden.
He aquí la raíz de un Estado policial. Julio Anguita decía el otro día que nos encontramos en un momento de prefascismo. No podría estar más de acuerdo. Debemos reaccionar ante estos acontecimientos, porque la actual deriva política nos acerca a algo que muchos creían superado, pero que, en el actual modelo de Estado, siempre es un riesgo: el totalitarismo militarista. No olvidemos tampoco qué es lo que realmente persigue esta tendencia: conservar el actual modelo económico de capitalismo neoliberal. Este conflicto es al que realmente nos enfrentamos en nuestra época, como algunos analistas han señalado ya: ¿qué pesa más, la democracia o el capitalismo? Yo tengo clara mi postura; os invito a todos a escoger la vuestra.

sábado, 7 de abril de 2012

La Ley Innata (2008), de Extremoduro


¿Cómo quieres que escriba una canción
si a tu lado no hay reivindicación?
Así empieza el, de momento, penúltimo álbum de la larga carrera de Extremoduro; un disco que llegó después de un silencio de seis años, el más largo mantenido por Robe Iniesta y los suyos. No es casual, claro. Muchos fans estaban preocupados por la aparente incapacidad del extremeño para escribir. Pero Robe se encargó de despejar toda duda con un disco rotundo, redondo, brillante, con el que suceder al que muchos aún consideran su mejor disco, Yo, Minoría Absoluta (2002). De hecho, este disco avivó la discusión acerca de cuál de los dos era mejor. Más adelante daré mi opinión a este respecto.

El álbum retoma, de forma diferente, la idea del Pedrá (1995): un disco que es una canción. Sin embargo, donde en aquel había una única pista, en este hay seis. Seis temas entrelazados y estructurados como una sinfonía de cuatro movimientos, más una introducción y un epílogo. La consistencia del disco proviene de esa íntima relación entre los temas, esa sensación de que, en realidad, no estamos ante canciones distintas, sino más bien ante distintos aspectos de una misma canción. Esto lo consigue Robe mediante la utilización de motivos y metáforas recurrentes (como el estribillo del Primer Movimiento, que reaparece en el segundo y el cuarto), demostrando que se ha convertido en un escritor muy sólido y hábil. Se nota también que, durante ese prolongado período de silencio, escribió una novela: el carácter sorprendentemente circular del álbum, con la Coda Flamenca que recupera y resuelve los problemas que planteaba esa joya llamada Dulce Introducción al Caos (“Se rompió la cadena que ataba el reloj a las horas”, una de las mejores frases que jamás ha escrito Iniesta), es otra demostración de destreza e ingenio.

Por otro lado, más allá del despliegue de recursos, Robe consigue, más que nunca, emocionar de verdad al contar una historia. Nos presenta al protagonista feliz, enamorado, y nos expone su caída a los infiernos para cerrar con una solución que explica la razón de ser del disco: cantar su historia para cicatrizar las heridas. Y nos narra todo esto tanto a través de la música como de la letra: el monumental Segundo Movimiento consiste en once minutos de melodías entrecruzadas y cambios de ritmo que nos guían por las tinieblas y los breves momentos de esperanza que vive el protagonista; el Cuarto Movimiento adquiere un tono suave y melancólico para mostrar la nueva actitud de éste ante su soledad. Una y otra vez, Extremoduro nos sorprende y nos conmueve, tejiendo una historia que, además, gana con las escuchas.

Si hay que ponerle un pero (que lo tiene) es el Tercer Movimiento. Resulta sorprendente que una canción subtitulada “Lo de Dentro” le funcione tan mal a un escritor introspectivo como Iniesta, pero es así. Se intuye lo que pretendía, pero a todas luces yerra. Está sobrecargado y poco inspirado, en contraste con la aparente facilidad con que el resto de canciones evolucionan y se cierran. Pero está claro que, pese a todo, La Ley Innata resiste sin problemas este bache para culminar con un final perfecto. El álbum deja un regusto agridulce al terminar, y se macera en el recuerdo hasta que sentimos que hemos vivido esa historia, que los personajes son viejos amigos, y que para rencontrarnos con ellos no hay más que volver a darle al play. Como los buenos libros.

Puntuación: 9.5

Por cierto, respecto de la polémica en torno a cuál es el mejor disco de Extremoduro: aunque está claro que este es más disco, y funciona más como unidad, aún prefiero el Yo, Minoría Absoluta. Creo que su mejor momento como compositor llegó entonces, aunque como escritor haya mejorado (y el Material Defectuoso parece confirmar esta tendencia), y prueba de ello son canciones como Standby, La vereda de la puerta de atrás, Puta, Cerca del Suelo y A fuego. Además, en ese álbum todas las canciones son buenas, incluso Luce la Oscuridad y la Canción Sordida. Eso es algo que La Ley Innata no tiene.

lunes, 26 de marzo de 2012

Andalucía, en punto muerto


“Es mejor tener mayoría absoluta que no tenerla.”
Comentarista de Canal Sur, sobre el resultado electoral del 25-M.
Pasó esa fecha temible: el 25-M. Ese día en que, presumiblemente, el PP tomaría el último bastión, el feudo socialista por excelencia; el día en que Javier Arenas conseguiría finalmente, tras cuatro intentos,  gobernar en Andalucía. El mapa de España terminaría de teñirse de azul. El Partido Popular gobernaría en todas partes. Daban escalofríos de pensarlo.
Y, sin embargo, nada de eso ha sucedido. Javier Arenas, una vez más, se quedó sin gobernar. Ganó, eso sí, las elecciones. Pero se quedó a cinco escaños de la mayoría absoluta. Una distancia que nadie esperaba. Habrá quien diga que Andalucía sigue siendo socialista; no es muy certero decir esto cuando el PSOE ha perdido 700.000 votos. Lo que queda claro es que no es del PP, que ha perdido 200.000. Puede que los efectos de la reforma laboral impuesta por el gobierno de Mariano Rajoy haya perjudicado a su partido; puede que Arenas no sea el rostro ideal en una comunidad en la que despierta animadversión entre todos los sectores de la izquierda; puede que los astros se alinearan; puede que sucediese de todo un poco. La cuestión es que, nuevamente (y quizás por última vez), Arenas se ha quedado con un palmo de narices, y en esta ocasión de forma aún más sonora, por lo inesperado.
Bien, en ese caso, todo resuelto, ¿no? Gobernará el PSOE en coalición. Ah, si fuera tan sencillo… Recordemos la situación en Andalucía durante estos treinta años de gobierno socialista. Recordemos la corrupción que se fue instalando hasta ser norma. Recordemos la prepotencia de un partido que se sentía imbuido del saber y el poder absoluto. Recordemos su maniqueo discurso de la izquierda magnánima frente a la derecha perversa. Y, ante todo, recordemos la posición de su futurible socio de gobierno: IU. La “pinza”, un discurso manipulador y demagogo del PSOE que, al considerarse legitimados, decidieron que los que estaban más a la izquierda no representaban una opción política válida. Las humillaciones y la rabia. Y recordemos el reciente caso de Extremadura, en que, en una situación similar, las bases del partido decidieron no dar su apoyo al PSOE para que siguiera su gobierno corrupto y clientelista.
Juan Manuel Sánchez Gordillo ya ha dicho que su partido, en caso de apoyar un gobierno socialista, está abocado a desaparecer. ¿Es posible que, cuando al fin se encuentran en una situación estratégica que les permite gestionar las decisiones que se toman, IU lo eche todo a perder? No sería extraño, viendo la historia del partido; haga lo que haga, como siempre, habrá gente que se sienta engañada. Las bases del partido y el núcleo duro de la dirección pugnarán, sin duda, y el resultado de esta pugna determinará: 1) El futuro de Andalucía, tanto a corto como a medio y largo plazo, y 2) La imagen de IU, tanto en términos de democracia interna (que de eso andan faltos, y es algo que está en el punto de mira de la ciudadanía y la militancia), como de fiabilidad como alternativa al bipartidismo. Andalucía se encuentra ahora mismo en un punto muerto, y es responsabilidad de quienes nos representan sacarnos de aquí. Dada su actual situación de cuestionamiento, más les vale acertar.

viernes, 23 de marzo de 2012

Ella lo mató


Él la vio, pero ya era tarde. Ella lo atropelló y pensó que habría sido un bache. Entonces él, que yacía muerto en la carretera, se puso en pie y siguió la estela dejada por los faros del coche. No le llevó demasiado alcanzarlo; se había detenido en la puerta de una casa de campo cercana. Entró por la puerta de atrás y la encontró en la cocina. Ella lo miró estupefacta. Estuvo a punto de gritar, pero se quedó con la palabra en la boca.

- Se te ha caído esto – le dijo sonriendo, y dejó un pequeño objeto reluciente en la encimera. Después se marchó por donde había venido y se tumbó en el asfalto, a esperar.

sábado, 10 de marzo de 2012

El Crepúsculo de los Dioses (Sunset Boulevard, 1950), de Billy Wilder.


“There's nothing tragic about being 50, not unless you try to be 25!”
(“No hay nada trágico en tener 50 años, ¡a menos que intentes tener 25!”)
Joe Gillis, interpretado por William Holden.

Sunset Boulevard. La crème de la crème de Hollywood. El lugar en que viven las estrellas. El lugar en que transcurre la mayor parte de esta obra maestra, un clásico absoluto del cine. La ya icónica imagen de William Holden muerto en la piscina, mientras la voz en off introduce la rocambolesca historia de un guionista de segunda con problemas económicos que tiene un oportuno pinchazo, fue en su momento un esquema narrativo innovador, y nos lleva durante casi dos horas a los entresijos del Hollywood de los cuarenta y, sobre todo, al universo en decadencia de las viejas glorias del cine mudo.
Desde luego, ver esta película resulta de lo más adecuado ahora que The Artist nos ha devuelto la esencia de aquella época enfrascada de manera genial; aunque esa es otra historia. Los paralelismos entre George Valentin y la inquietante Norma Desmond (monumental la interpretación de Gloria Swanson) se quedan en lo superficial; el desarrollo de esta última es mucho más oscuro. La mansión de los horrores que es su polvoriento caserón se convierte en el escenario del descenso a los infiernos de los tres personajes principales: Joe Gillis, el pobre escritorzuelo que acaba, por sus propios errores, encerrado en una “particular prisión” (William Holden, muy sólido); Max, el turbador mayordomo extranjero (fenomenal Erich von Stroheim) con más de un as escondido en la manga; y la propia Desmond, “la estrella más grande de todas” cuando el cine eran rostros, y no voces. Los sutiles juegos psicológicos que se entrecruzan entre estos tres personajes y la joven guionista Betty Schaefer (Nancy Olson) están hilados magistralmente con impagables toques de ironía por Wilder y su habitual colaborador, Charles Brackett (sería la última película que escribirían juntos) en un guion justamente premiado con el Oscar. Los numerosísimos guiños y cameos del mundo del cine (notablemente los de Buster Keaton y Cecil B. DeMille, el director que llevó a Desmond, como a Swanson en la vida real, al estrellato) le dan una fuerza especial a la película, quizás con el único riesgo de hacerla algo autorreferente. También es cierto que el comienzo resulta lento, aunque compensa de sobra la apasionante trama que se desarrolla después. Una dirección sobria pero vibrante, como de costumbre, con momentos de absoluta genialidad (la escena de las compras, con el plano medio que se convierte en primer plano para recoger una conversación clave entre Holden y el dependiente, que sirve de piedra de toque para el argumento; el momento con el foco en el plató de Sansón y Dalila; el mítico y escalofriante plano final de Swanson) remata una película brillante y brutal.
Tres premios Oscar (el ya mencionado a guion original, a la dirección artística y a la BSO) de 11 nominaciones pueden parecer insuficientes, pero hay que recordar que este fue el año de Eva al Desnudo, que arrasó con 6 premios. Aun así, Sunset Boulevard (qué nombre tan adecuado, el bulevar del ocaso) ha alcanzado el lugar que merece en la Historia del cine y la memoria de los cinéfilos.

Puntuación: 9.4