miércoles, 13 de septiembre de 2017

American Dream (2017), de LCD Soundsystem

Tras siete años y una breve pero cacareada separación, LCD Soundsystem han vuelto a sacar disco. El grupo comandado por James Murphy es, sin lugar a dudas, uno de los experimentos musicales más interesantes y divertidos de lo que va de siglo. De hecho, si su historia se hubiese cerrado, como prometieron, en 2011, tras la gira de su glorioso tercer disco, This Is Happening (2010), y el concierto del Madison Square Garden, podríamos hablar sin tapujos de una de las carreras más heterodoxas, sólidas y coherentes de la historia de la música popular; cosa que sin duda era intencionada y formaba parte de las razones para dejarlo después de solo tres discos y en el momento más dulce de su trayectoria. Personalmente, me aficioné a LCD Soundsystem después de su separación, y tenía la sensación de asomarme a una especie de obra impoluta conservada tras un cristal de metacrilato, pero al mismo tiempo accesible, conmovedora y rabiosamente bailable. El impacto era tan potente y desarmante como el de contemplar, digamos, el David de Miguel Ángel, solo que en lugar de mármol cincelado nos conquistaban con sintetizadores y un elegante pathos posmoderno. Calidad y autoconciencia se daban la mano para dejar un legado único.
Independientemente del contenido de este disco, naturalmente esa imagen se desvaneció cuando, en la Navidad de 2015, Murphy anunció que volvían. Su concierto en el Primavera Sound 2016 es la mejor experiencia en vivo que he tenido: la banda parecía más engrasada que nunca y el repaso de sus éxitos no dejaba ni un minuto de mediocridad. Pero había algo de antinatural, inevitablemente, en ver en directo a ese grupo que, en teoría, formaba ya parte de la historia. Era como ir hoy a CBGB y encontrarte a una jovencísima Patti Smith tocando ante la mirada de los miembros de Television. Se rompía el hechizo, y aunque dejaran claro que su reputación en directo era merecida, las cualidades míticas se empezaban a diluir: se hacían humanos y su legado volvía a ser vulnerable.
El 1 de septiembre de este año, al fin, nos llegó el prometido cuarto álbum. American Dream (2017) vino precedido de tres singles, un vídeo y bastante hype. Existía la sensación – el deseo – de que se trataría de un nuevo clásico, de una actualización de lo que los hizo grandes. A juzgar por lo que publican los medios musicales, tanto anglosajones como españoles, pareciera que así es: American Dream es el mejor retorno posible, es lo más 2017 de 2017, es una versión menos bailable y más post-punk, menos alegre y más ominosa, de la banda que maravilló al mundo. Temo, sin embargo, que los deseos y las expectativas se han impuesto aquí a la escucha atenta y crítica. Lo cierto, en mi opinión, es que de lo bueno, de todo eso que tenían de admirable LCD Soundsystem, apenas queda aquí rastro.
oh baby”, la primera canción, presenta la clásica progresión de una canción de LCD Soundsystem: un instrumento, un sonido, un riff, se va superponiendo a otro, y otro, y otro, hasta que nos encontramos con un intrincado edificio hecho de sonidos electrónicos y sintéticos imbricados con la cálida voz de James Murphy. El problema, naturalmente, es que en esta ocasión la canción no “progresa”, no va a ningún lado. El ritmo es apagado y no se altera en ningún momento, los sonidos se acumulan con una frialdad robótica y la letra, otro de los puntos fuertes, si bien no tan consistentes, de la carrera de la banda, no despierta apenas emociones, en buena medida porque el timbre de la voz es igualmente gélido. La canción pasa sin pena ni gloria. “other voices” arranca con un cambio de ritmo más que bienvenido: un ritmo sincopado de batería y un loop percusivo simple pero adictivo abren el camino a una línea de bajo que suena a clásico. Pronto entran los sintes que preparan el terreno para la voz de Murphy y la guitarra pulsante; una primera estrofa que engancha. Pero no tardan en aparecer los problemas: la melodía vocal es inexistente, con un tono plano. La letra es insulsa. Y cuando llega el “estribillo”, queda claro que lo que condenará a esta canción es la estridencia insoportable de las voces, que escalan de forma disonante mientras lo que parece una guitarra distorsionada aumenta el dolor de oídos. Y no es que el ruido no se pueda utilizar bien, algo que este grupo llegó a dominar como pocos: es que no se utiliza bien en este caso. La entrada de Nancy Whang no ayuda: una voz aún más monótona que no aporta nada, ni emocional ni líricamente. La canción, en última instancia, pierde su fuerza y se diluye.
i used to” es una vuelta al medio tiempo y se pierde en algunos de los mismos defectos: falta de progresión y una letra que recicla frases neutras de discos anteriores con el único propósito de conseguir la rima fácil. Me sobrecoge la sensación general de que han perdido la capacidad de enganchar. ¿Dónde está la diversión? ¿Dónde las emociones profundas y tristes? Quedan ejercicios solemnes y aburridos, aderezados con mensajes mecánicos y poco claros. “change yr mind” prosigue en la línea de la nula profundidad melódica; pero consigue llamar al menos la atención por su temática: habla de las dudas y contradicciones de Murphy al volver a reunir la banda tan poco tiempo después de la sonada ruptura. "I've just got nothing left to say/I'm in no place to get it right/And I'm not dangerous now/The way I used to be once" pretende ser una honesta confesión de los motivos que le impulsaron a dejarlo en lo más alto, antes de perder su capacidad de alterar el panorama musical, de ser relevantes y "peligrosos". Sin embargo, cuando canta esto a estas alturas de un disco que por el momento es infumable, estas palabras se vuelven más una descripción de los defectos del mismo que un momento de vulnerabilidad. La conclusión, además, es nuevamente vaga y falta de convicción.
Llevamos ya 23 minutos de tedio, algo que parece imposible de remontar. Pero llegamos al momento más novedoso e interesante del disco: la monumental "how do you sleep?". La percusión que da inicio al corte es, ahora sí, inquietante y dinámica; una aguda nota de fondo, que desaparece al cabo de un segundo, anuncia tormenta. Aunque tardamos más de un minuto en escuchar una voz, al fin se construye una tensión real. Y cuando entra Murphy ("Standing on the shore/facing east”) suena realmente como si estuviera cantando desde un acantilado y el sonido llegase, magnificado de algún modo, a la otra orilla, donde se encuentra el oyente. La pasión de la voz es auténtica, y la historia que se cuenta consigue emocionar: habla sobre su conflicto con su antiguo amigo y colaborador, Tim Goldsworthy, quien parece que tuvo problemas con la cocaína y robó dinero a Murphy. A los tres minutos y medio, aparecen unas oscuras y brutales notas de sintetizador que parece que van a hacer estallar los altavoces. La canción sigue aumentando su atmósfera opresora, hasta que la batería entra finalmente poco después de pasados los cinco minutos. La conclusión no podría ser más sincera y cruel: Murphy podría hacer como si nada, todo sería como antes, hasta que se le escapa la acusadora pregunta que da nombre a la canción: ¿cómo duermes por las noches? "One step forward/And six steps back", le contestan los coros.
El disco mejora sensiblemente desde aquí. "tonite", el tercer single anticipado, que en su momento detesté, me parece el mejor momento a nivel lírico, el único en que vemos algún tipo de mensaje claro en las palabras de Murphy. Reflexionando sobre el hedonismo irreal que transmite la música contemporánea, y el miedo a la muerte que deja traslucir, concluye con un rabioso manifiesto en favor de hacerse mayor de forma imperfecta, y contra la idea que se nos vende de que “You're missing a party that you'll never get over/You hate the idea that you're wasting your youth/That you stood in the background until you got older/But that's all lies”. El Murphy autoconsciente, cool pero honesto, aparece aquí por fin. La música no es bailable, ni siquiera suena muy original, pero la pasión de la letra y la voz consiguen elevar esta canción muy por encima de la media del disco.
A continuación aparece el doble single lanzado allá por mayo, “call the police” seguida de “american dream”. La primera, en su momento, me hizo pensar que este disco podía ser grande; ahora en cambio, escuchándola con más detenimiento y en el contexto del disco, dos graves y ya recurrentes defectos la lastran: una letra ambigua que, en este caso, tiene el problema añadido de que se trata de la canción “política” del álbum (¡qué mal queda hacer una canción comprometida y que no se sepa con qué te comprometes!) y unas melodías vocales mediocres (especialmente visibles en ese “we don't waste time with love” que destroza la tensión que se va creando conforme avanza el tema). La segunda, en cambio, posee una de las pocas melodías poderosas y nostálgicas del disco, de esas que se te meten en el cerebelo y cuesta quitarse de encima. Sin ser una de las mejores canciones que hayan escrito nunca, sí es una entrada digna en su catálogo, en línea con la dureza emocional de “All I Want” y “I Can Change”.
emotional haircut” es uno de los escasos momentos en que el crescendo de la canción nos conduce a un final apoteósico y desenfrenado. El mensaje precisamente es el contrario al de “tonite”: obsesionado con la muerte y el disfrute inmediato mientras se pueda (“Treat yourself tonight”; “We're gonna toast 'till the bodies all soak up the bass”). Pero esto es en realidad la plasmación del muy natural miedo a morir que acompaña al envejecimiento tanto como la sabiduría desplegada en aquel corte: es su contraparte oscura. Buena muestra de ello es uno de esos legendarios pareados a los que Murphy nos tenía acostumbrados: “You’ve got numbers on your phone of the dead that you can’t delete/And you got life-affirming moments in your past that you can't repeat”.
El disco lo cierra la larga pero intimista “black screen”, una referencia nada velada a su amistad con el fallecido David Bowie. Es una buena canción, triste y sosegada, que explica los remordimientos de James por no haber aprovechado más las ocasiones de estar con uno de sus héroes (en el estudio, nada menos), y termina con cinco minutos de pequeños y sencillos excursos de piano. Pero en la sensación que me deja esta canción se sintetizan los problemas del álbum: es inevitable recordar (en parte porque la percusión y los sintes del inicio suenan similares) Someone Great, una de sus obras maestras, en que ya trataron el tema de perder a un ser querido con mayor profundidad e inspiración. Del mismo modo, American Dream es presa, lo quiera o no, de la historia de un grupo sobresaliente, excepcional, que grabó tres obras maestras. Su disco homónimo, Sound Of Silver y This Is Happening, pese a emplear siempre los mismos recursos básicos, plasmaron enfoques distintos y sonaban diferentes entre sí; el principal elemento que los unificaba era la excelencia. Aquí tenemos el primer caso de LCD Soundsystem intentando hacer algo sin éxito, y esto resulta forzosamente decepcionante.
Pero esto no debe llevar a error: la decepción la causa la clara falta de sustancia y dinamismo en un disco que se cae por varias partes, pero que acusa especialmente un inicio falto de energía e ideas claras. Esa estructura de los temas de LCD a la que aludía al principio, de construcción por adición lenta y constante de instrumentos, implica necesariamente que las canciones acaben por ser largas (el disco son 68 minutos, casi siete minutos de media por corte). Es por ello que cuatro canciones mediocres e incluso malas al principio del disco se convierten en su principal defecto, y por momentos en una tortura. La mejora a partir de ahí es apreciable, pero inconsistente; estamos ante un ejercicio fallido, tanto en lo musical como en lo lírico, por parte de una banda que, en su momento, parecía incapaz de cometer un error. Esto añade un punto de dolor a la experiencia de escuchar American Dream, pero incluso quienes no tengan ese vínculo emocional con la banda podrán ver que se trata de un disco pobre: he ahí el único problema verdadero.

Puntuación: 5.8.

viernes, 12 de septiembre de 2014

La vida en la nube (III): Dos ejemplos y una invitación.

Mi prima de dieciséis años es muy activa por Twitter y Ask.fm (una red en la que otros usuarios o lectores anónimos hacen preguntas de todo tipo al usuario, y este responde públicamente). A pesar de que nuestra relación no ha sido muy cercana, llevo observando su actividad online varios años. Es una persona "rara", una friki, aficionada a Harry Potter, The Cure, o Quentin Tarantino, y que se ha vestido con algunos rasgos de Gothic Lolita. En consecuencia, su adolescencia está siendo doblemente turbulenta, porque es adolescente, y porque no encaja del todo con la inmensa mayoría de las personas con las que se ve forzada a convivir.
Durante estos años, sin saber muy bien cuáles son las convenciones de Ask o de su tipo de usuario de Twitter, tuve la impresión de que los usaba con afán exhibicionista (como mucha gente piensa cuando ve las redes sociales de gente de su edad). Comparte sus momentos malos, sus aficiones, y contesta preguntas de lo más variopintas, a menudo a personas a las que no conoce y de las que no sabe más que la pregunta que le acaban de hacer. Pero este verano he tenido la oportunidad de acercarme a ella en persona (algo que siempre había sido una posibilidad, pero que seguramente nunca habría hecho de no ser porque me había llamado la atención su personalidad online). Al hacerlo, he descubierto que escribe francamente bien, que no es tan cerrada a las relaciones personales como había pensado y que está progresando a la hora de identificar sus conflictos con otras personas y resolverlos; aunque, naturalmente, le queda mucho camino: por algo tiene dieciséis años. Y, por supuesto, mil cosas más que no habría sabido sólo viendo sus tweets. De modo que sí, hay un aspecto inalienable de las relaciones en persona. Pero al mismo tiempo, conocerla así ha hecho que nuestra relación online se intensifique. Nos mandamos música, fotos, vídeos e información sobre nuestros gustos compartidos. Y esa relación es muy real, está presente en mi vida diaria y no sería posible sin internet. No se trata de un sucedáneo, sino de un complemento. Además, he podido entender mejor, al interactuar por internet con ella (cosa que antes no hacía: era un mero espectador), esa personalidad digital que había prejuzgado: su franqueza no es tanto exhibicionista como reflexiva; usa Twitter y Ask como vía de escape pero también, mediante sus respuestas a preguntas, como vía de introspección y, mediante sus interacciones, como vía de comunicación y de puesta en común de intereses, cuando no puede hacerlo en persona. Así pues, de un acercamiento real, personal, se ha derivado también un acercamiento virtual a su personalidad online, que me ha permitido entender mejor la forma en que interacciona por internet y el papel que estas relaciones juegan en su vida. Resumiendo: invito a todo el mundo a aproximarse sin prejuicios a estas comunidades y a estas personas, a las que juzgamos con mucha facilidad, y a observar lo bueno y lo malo, reconociendo las posibilidades que ofrece al mismo tiempo que señalando los posibles problemas que puede suscitar el inmenso mundo de las relaciones virtuales.
Para concluir esta serie, voy a compartir la experiencia de un compañero libanés (que también ha escrito sobre estos temas) que, recientemente, perdió a su padre. A través de su página de Facebook, fue relatando distintos momentos, desde que le diagnosticaron un cáncer hasta que falleció, pasando por una visita a Líbano para despedirse. En todo momento, personas de los muy diversos lugares en que ha vivido le lanzaron mensajes de apoyo y cariño. Pero el día que se cumplieron dos meses de su muerte, todo confluyó: subió la última foto que se hicieron juntos, y contó la historia inspiradora de su padre, un intelectual progresista en Oriente Medio, de su relación con él y de las palabras más importantes que le había dirigido. La fuerza de la historia y de la inmensa cantidad de mensajes positivos que le llegaron me impactó. Unos días más tarde, subió otra foto, de una hoguera, y explicó cómo, al necestiar contar una historia, simplemente había reunido unos pocos leños y se había puesto a hablar. De pronto, sin que él les hubiese llamado, aparecieron rostros de entre las sombras, los rostros de amigos viejos y nuevos, que se sentaron alrededor del fuego y escucharon atentos su historia. Algunos le sonrieron, le dieron una palmada en la espalda y siguieron su camino, mientras que otros se quedaron para comentar lo que la historia les había parecido y darle ánimos y mucho amor.
Mediante esta bella metáfora, mi amigo quiso decir que la idea de que las redes sociales están acabando con las auténticas relaciones es muy simplista. Un acontecimiento como ese nunca se habría dado sin la existencia de Facebook. En los comentarios de la foto, todos y todas estuvimos de acuerdo: no hay que centrar las críticas en la herramienta, sino en su uso. De modo que si no nos gusta la forma en que utilizamos las redes sociales, sigamos el ejemplo de la comunidad youtuber (y la tendencia general de estos tiempos) y hablemos de lo que no nos gusta, de lo que queremos cambiar. Puede ser a múltiples escalas, desde nuestro círculo cercano de amigos hasta grandes grupos de usuarios de todos los países, pero una discusión grupal es la única vía para paliar los problemas y explotar las ventajas de una herramienta tan potente como es internet.

miércoles, 10 de septiembre de 2014

La vida en la nube (II): Comunidades virtuales. El ejemplo de YouTube.

Los "creadores de contenido" de YouTube, como se les suele llamar, ganan dinero a través de la publicidad que se inserta en sus vídeos. Hay dos tipos básicos de creadores de contenido o youtubers. Los actuales reyes de YouTube (esto ha pasado a lo largo de 2013 y 2014) son los gamers: personas, generalmente hombres, que se graban a sí mismos jugando a videojuegos y comentando sus partidas. Los hay de Minecraft y de juegos deportivos, por poner dos ejemplos. La cuenta con más suscriptores (personas que piden que se les avise cuando el usuario sube un nuevo vídeo) de todo YouTube es PewDiePie, un sueco afincado en Reino Unido y cuya especialidad son los juegos de terror. En el momento de escribir estas líneas, contaba con 30.186.629 suscriptores. Básicamente, lo que hace es decir muchas chorradas, a veces graciosas, a menudo escatológicas, mientras se caga de miedo al jugar a Doom o Silent Hill. Se gana la vida así. Puede costar entender el atractivo de este modelo de entretenimiento, pero hacer un esfuerzo es interesante.
Captura de pantalla de un vídeo de PewDiePie. Fuente: http://www.muycomputer.com/2014/06/17/eyoutuber-pewdiepie-4-millones
Mi primo de trece años sigue a TBJZL, un gamer británico de origen nigeriano que hace vídeos de sí mismo jugando a FIFA. Cuando le pregunté qué le gustaba de él, me explicó que es muy gracioso. Vive junto a otros siete amigos gamers y su novia en una mansión que se han comprado con el dinero ganado en YouTube, y además de grabarse a sí mismo jugando sólo y con sus amigos, graba bromas pesadas que se gastan y las cuelga en su cuenta. Me contó, casi con admiración, que se grabó a sí mismo en un avión, en el momento de llegar de madrugada al aeropuerto de destino, mientras todos los pasajeros dormían, gritando para despetarles a todos. "Está loco", me dijo. Puede parecer un disparate, pero básicamente, los adolescentes admiran hoy a los gamers del modo en que los baby boomers admiraban a las estrellas de rock: son jóvenes, hacen el imbécil sin importar a quién molesten, y a poder ser molestando a muchos viejos, y se ganan la vida por ello. En este sentido, no creo que sean una amenaza para ellos: son un modo de entretenimiento, que puede presentar unos valores cuestionables, pero que se mantiene generalmente en esa esfera de la diversión, sin afectar al desarrollo normal de las capacidades sociales, de un sentido de la moral y de una visión realista de lo que supone ganarse la vida.
Varios de los youtubers más famosos del Reino Unido. Fuente: www.theguardian.com
Ahora bien, hay una comunidad más antigua, a la que llevo siguiendo varios años, que está compuesta por los vloggers: personas que se graban a sí mismos en sus dormitorios, haciendo vlogs (video-blogs, en los que cuentan, normalmente de forma humorística, sucesos de su vida), sketches y gags, canciones e incluso cortos (a finales de 2013 se lanzó Project: Library, una webserie de cuatro capítulos que, en total, sumaba una hora de metraje) de sorprendente calidad. Esta comunidad, que conozco en más detalle en el Reino Unido, se originó sin embargo en Estados Unidos, en torno a John Green y Hank Green, los VlogBrothers. Muchos de ellos se identifican como nerdfighters (algo así como "luchadores por los frikis"), lanzan su música en su discográfica independiente DFTBA Records (siglas de "Don't Forget To Be Awesome", "no olvides ser genial") y tienen su propia iniciativa benéfica, Project for Awesome. Recomiendo encarecidamente el visionado de al menos algunos capítulos de Becoming YouTube, la webserie documental del periodista y youtuber inglés Benjamin Cook que analizaba muchas peculiaridades de esta comunidad (gran parte de lo que voy a decir a continuación es un resumen o una reelaboración de muchas de las ideas que vierte). Si bien es cierto que, en el año y medio trancurrido desde el comienzo de la serie, YouTube ha cambiado mucho, los últimos capítulos reflejan parte de estos cambios, y parece que va a estrenar nuevos capítulos en breve. En este momento, sin embargo, por un conjunto de razones, la comunidad está en crisis.
El gran detonante fue la revelación, en marzo de este año, de que varios miembros muy conocidos de la comunidad, especialmente Alex Day (uno de los primeros vloggers que alcanzaron la popularidad) y Tom Milsom, habían mantenido (supuestamente) relaciones abusivas con diversas fans jóvenes, tanto a nivel emocional como físico. (Aquí se puede encontrar la historia muy detallada). El shock fue enorme para muchos fans, aunque algunas personas que habían tenido un contacto cercano con la comunidad no se sorprendieron tanto. En todo caso, la respuesta de los VlogBrothers fue inmediata: se pusieron en contacto con quienes realizaron las acusaciones, confirmaron la verosimilitud de sus historias y hablaron con los acusados, que en su mayoría admitieron su culpabilidad (no sin intentar maquillar los hechos). Fueron expulsados de la comunidad, pero muchas voces críticas se alzaron y siguen haciéndolo, especialmente desde Tumblr (refugio de muchos youtubers que no se sentían ya cómodos en la comunidad y la página porque, como he mencionado, sabían algo de lo que estaba pasando), afirmando que la discusión no se ha profundizado lo suficiente, y que lo sucedido no se ha difundido suficientemente por la propia página de YouTube. En cualquier caso, poco a poco se ha iniciado un debate razonado y complejo acerca de cómo la aparición de esa nueva generación de adolescentes ha marcado un gran cambio en la comunidad, al hacer que se produjera una enorme separación entre los youtubers famosos, creadores de contenido, que se ganan la vida con ello, y sus consumidores, en general chicas de 13 a 17 años (que componen hasta un ochenta por ciento de su público). Por ejemplo, la discusión sobre la situación en los gatherings, los puntos de reunión de la comunidad, en los que cada vez más las interacciones se reducen a las de fangirls chillando al ver a sus ídolos de internet, y menos una reunión orientada a compartir experiencias y crear juntos (y donde, por cierto, se produjeron muchos de los casos de abuso) ha sido muy interesante. (La serie de vídeos sobre este tema de Mickeleh, un youtuber estadounidense sexagenario muy amigo de la comunidad de youtubers jóvenes, compendia muy bien la discusión). Los creadores han pedido a sus suscriptores que comprendan que sus vidas son complejas y que lo que presentan en internet es sólo una faceta de sí mismos. Aunque sientan que los conocen, no es así, como prueban los casos de abuso.
Esto parecería dar la razón a mis amigas: las relaciones virtuales llevan a problemas serios en nuestras capacidades para relacionarnos con otras personas, para reconocer cuándo nos mienten o no son sinceras, e incluso para entender bien cómo nuestras acciones afectan a las otras personas. Como arguye Louis C.K., cuando pegamos o insultamos a alguien siendo niños, vemos sus caras y desarrollamos la empatía, entendemos que no les gusta y aprendemos a no hacerlo. Cuando dejamos un comentario en YouTube o twitteamos algo muy ofensivo, no vemos la reacción de la otra persona. Es mucho más fácil decir barbaridades por internet, con la protección de un (relativo) anonimato.
Pero es más complicado que esto: muchas de las fans replicaron (y los youtubers difundieron estas réplicas) que, en su mayoría, eran capaces de entender muy bien que los vloggers presentan a personajes, de ver que son personas complejas como ellas mismas, con sus propios problemas. En cambio, pedían que los creadores les respetaran más, que asumieran que su audiencia son personas inteligentes y se dejaran de tópicos sobre fangirls histéricas. En otras palabras: aquí hay adolescentes actuales, diciéndonos que no son imbéciles enganchados a una pantalla. Son personas inteligentes y con criterio, sólo que se mueven por códigos que nos son ajenos y por impulsos que hemos dejado atrás y, a menudo, nos cuesta comprender. Y ciertamente, están escuchando cuando se producen este tipo de discusiones. Por sintetizar mi tesis: al igual que en la vida real, los adolescentes tropiezan y se equivocan online. Con mucha frecuencia, sin duda. Y desde luego hay aspectos específicos que hacen que las relaciones y la vida online sean peligrosas. Pero creo que la experiencia que adquieran con estos errores virtuales les llevará a aprender, análogamente a como lo harán en la vida real, y también de forma social (no independientemente, individualmente, aislados de los demás usuarios), en estas comunidades en las que las líneas de comunicación son inmensamente tupidas. El flujo rapidísimo de información y la publicidad con que se llevan a cabo las discusiones está llevando a un florecimiento enorme de la discusión crítica sobre temas como el feminismo o el racismo, por poner un ejemplo. Los riesgos son muy reales, pero las ventajas también lo son.
En la próxima entrada compartiré un par de experiencias recientes para ilustrar algunos de estos puntos.

lunes, 8 de septiembre de 2014

La vida en la nube (I): Relaciones "reales" vs. relaciones virtuales.

Fuente: http://www.nomaspodertv.org/
Las relaciones sociales están cambiando a una velocidad de vértigo. La preeminencia de nuestra vida virtual es cada vez mayor: el peso que asignamos a nuestras comunicaciones por internet y la cantidad de ellas que se producen aumentan cada día. Se trata de un tema apasionante, pero complicadísimo, en el cual es fácil caer en tremendismos o posiciones maniqueas. Esto fue lo que sucedió la otra noche, cuando un grupo de cuatro amigos (dos hombres, dos mujeres) comenzamos a hablar de cómo las nuevas generaciones, y en concreto nuestros hijos en potencia, iban a criarse en un ambiente radicalmente distinto al nuestro, como se puede ya vislumbrar en la generación inmediatamente posterior a la nuestra. Quienes han tenido acceso regular a internet desde la más tierna infancia, y poseen cuentas propias en redes sociales desde antes de los diez años, nos sorprenden a menudo a nosotros, apenas una década mayores (no digamos a sus padres).


El resultado fue una discusión que se alargó más de una hora y que se desarrolló con dos posiciones enfrentadas y manifestamente falsas: frente a una añoranza algo romantizada de los tiempos en que los niños jugaban en las plazas y los vecinos se conocían, un amigo y yo defendíamos las infinitas e inofensivas posibilidades de relación con personas inconcebiblemente distantes que abre internet. Sin embargo, sí que conseguimos, hacia el final de la conversación, llegar a la raíz de nuestra contraposición: la expansión imparable de las redes sociales, planteaban nuestras compañeras, hace que las posibildades de disfrazar nuestro discurso, nuestra imagen y nuestra personalidad aumenten, lo cual resulta de lo más tentador en una etapa como la adolescencia; si unimos esto a otros factores más generales de nuestro contexto social, como el aumento de la cultura de la competencia, el materialismo y consumismo o la progresiva uniformización cultural en torno al modelo estadounidense, la posibilidad de que las relaciones laterales (tan importantes en nuestra cultura europea y mediterránea) se disuelvan son mucho más altas, dado que podemos sustituirlas por relaciones virtuales que podemos controlar y sustituir con más facilidad. El individualismo puede haber encontrado un vehículo atroz en esta herramienta.


Resumiendo muchísimo, mi amigo y yo no estábamos de acuerdo en que las redes sociales y el resto de relaciones virtuales fueran a conducir con tanta probabilidad a fenómenos de esa clase. Pero estábamos muy cansados de una discusión larga y espuria, de modo que lo dejamos ahí. Sin embargo, la reflexión sobre la cultura de internet y las nuevas comunidades que están surgiendo ocupa un lugar importante en mis pensamientos últimamente, así que decidí escribir esta serie de entradas. En ellas no pretendo llegar a conclusiones definitivas, sino más bien colaborar, mediante una reflexión calmada y plasmando mis experiencias online, a estudiar las múltiples facetas de la expansión virtual de nuestras relaciones interpersonales. Asimismo dejaré de lado, simplemente por la imposibilidad de conjugar tantos temas, los problemas culturales generales que señalaron nuestras amigas (el capitalismo cognitivo, por usar un término general).


En esta primera parte, me gustaría explorar uno de los temas que más discutimos: lo diferente que es una relación directa, cara a cara, a una relación virtual, respecto a cuánto podemos saber de la otra persona. Este era uno de los puntos centrales de nuestras amigas: la imagen que se proyecta por internet, tanto a través de nuestras publicaciones como de nuestras interacciones, está muy calculada. Poder pensar detenidamente lo que queremos decir, qué foto queremos publicar y qué artículo sesudo o chorra queremos compartir da una ventaja que no poseemos en las relaciones cara a cara. Las personas a las que vemos en directo nos transmiten involuntariamente mucha información: a través de sus gestos, a través de su comportamiento con otras personas... Dicha información puede camuflarse con mucha facilidad en internet, y es algo que se hace. Nuestra réplica no iba del todo desencaminada: aumentar la cantidad de filtros que pones entre las otras personas y tú es sólo una diferencia de grado; presentamos imágenes de nosotros mismos constantemente, en la vida real tanto como en la virtual. Pero es cierto que los códigos para bloquear la información que transmitimos a través internet son mucho más sofisticados. Ahora bien, eso no quiere decir que no existan formas de captar esos filtros, de desenmascarar a las personas cuando nos presentan una imagen de sí mismos. Había cierta incredulidad por parte de mis compañeras, pero ciertamente es posible identificar "personalidades de Twitter" o "personalidades de Facebook". Es algo que hago con normalidad: sé qué tipo de persona eres por Facebook, por Twitter o por YouTube al cabo de pocos días o semanas de agregarte a mi círculo de relaciones virtuales.


Naturalmente, esto no es lo mismo que "conocer a la otra persona" de forma íntima. Para eso se requieren otro tipo de interacciones, es evidente. Pero por las mismas razones dudo que puedas conocer a las personas de tu lugar de trabajo a nivel íntimo: a no ser que, de nuevo, como con tus amigos de Facebook, tu relación se expanda en otros sentidos, todo lo que conoces de esa persona es quién es en el trabajo. Y lo mismo con tus vecinos (estamos cansados de oír aquello de "siempre saludaba, era una persona muy educada"), tus compañeros de clase, tu panadero o incluso tus primos. Está claro que una fuente primordial de información, el lenguaje corporal, se pierde en la mayoría de interacciones virtuales (no olvidemos Skype, YouTube, los video replies de Ask y otras formas de comunicación audiovisual); pero no es imposible entender a la otra persona: es sólo que los códigos por los cuales puedes reconocer sus rasgos de personalidad son distintos y, seguramente, lleven más trabajo para la mayoría de gente. Voy a poner una frontera, absolutamente convencional, aproximada y discutible, en 1998: los nacidos en este año tenían diez (estaban a las puertas de la preadolescencia) cuando se produjo el boom de Facebook. Los nacidos después pertenecen a una generación virtual distinta a los que nacimos antes.

Fuente: http://sukieblogsformdia5003.wordpress.com/
El punto hasta el cual estas personas se relacionan de forma diferente con internet fue un tema recurrente en la conversación, un hecho que aceptábamos todos; pero los detalles de esta relación eran muy distintos según quién los enunciara. Trataré de formular un esbozo equilibrado de la forma en que, según mi percepción, los adolescentes actuales utilizan internet. Por un lado, la atención que dedican a sus personalidades virtuales puede ser, con mucha facilidad, una vía de escape fácil a los problemas que toda persona adolescente atraviesa. Si no nos gusta nuestra vida diaria, podemos escapar de ella en World of Warcraft, en Twitter o en League of Legends sin demasiados problemas. El gran riesgo de esto es que no aprendamos a lidiar con nuestros problemas reales, ineludibles, y prefiramos construir mundos semificticios (y digo semi porque no hay que restar gratuitamente realidad a las relaciones virtuales: son diferentes, no necesariamente falsas) en los que no tengamos que hacernos cargo de que somos molestamente desordenados o de que nuestros padres no aceptan nuestra forma de vestir. Este mecanismo es antiquísimo, pero desde luego internet lo vuelve mucho más sencillo y accesible. Recomiendo encarecidamente el visionado de la película Her (2013), de Spike Jonze, en la cual se afronta esta cuestión de forma muy interesante y compleja: en ningún momento se presenta la relación entre el protagonista y el sistema operativo de su ordenador (no juzgar sin haberla visto) como ficticia o irreal, a pesar de los prejuicios de otros personajes al respecto, pero sí que se señala la cuestión de que, pese a todas las posibilidades y la flexibilidad que nos otorga internet, lo cierto es que nuestra vida material nos es ineludible, y no podemos simplemente ignorar nuestros conflictos en ella y evadirnos en la nube, porque esos conflictos seguirán allí cuando nos desconectemos.


Pero, con todo, hay un reverso positivo en el uso de internet. En este punto, me parece importante subrayar una cuestión de la que creo que muy poca gente es consciente, y que opino que mis amigas subestimaron el otro día: la aparición de comunidades por internet, y el desarrollo de estas tanto a nivel virtual como físico. Cuando digo que se pueden reconocer rasgos de personalidad en las diversas plataformas online, lo que digo es que el modo en que los usuarios las utilizan da forma colectivamente a ciertas normas no escritas de utilización. Estas normas se refieren a multitud de cosas, desde la forma de escribir, al tipo de contenido que se puede o se debe compartir, pasando por el sentido del humor que se utiliza y se considera aceptable (a subrayar aquí la explosión humorística que ha supuesto Twitter, que diría desde mi ignorancia que ha sido la mayor innovación en el campo del humor desde la aparición del monólogo). El seguimiento o la infracción en diversos grados y en diversos puntos de estas normas definen nuestra personalidad virtual, y a menudo una divergencia profunda produce que una misma red se divida entre culturas de uso distintas: hay quien usa Instagram para colgar fotos de sí mismo/a, hay quien sube fotos de su comida, de su gato, de paisajes impresionantes... Ser capaz de identificar estas sutilezas, sin embargo, requiere un uso intensivo de las redes. Por eso, diría yo, los adolescentes actuales son capaces de seguir este tipo de evoluciones de forma más sencilla e intuitiva que nosotros.


Y digo bien, evoluciones, porque una característica fundamental de las redes es que están en permanente cambio. En dos meses, el panorama puede cambiar de forma radical. Ciertos hechos singulares, como la campaña de Twitter y Tumblr #YesAllWomen para atraer la atención de la sociedad sobre el acoso callejero a las mujeres y la cultura de la violación, o el asesinato de Mike Brown y las posteriores protestas y revueltas en Ferguson, Missouri, redefinen de forma palpable grandes porciones del espacio virtual. Y es aquí donde entra la cuestión de las comunidades: a través de las redes sociales, se crean tramas muy tupidas de interconexiones entre individuos que a menudo acaban derivando en la emergencia de una auténtica comunidad, un grupo de pares. Pueden formarse en torno a cosas tan diversas como Doctor Who o el feminismo, pero son muy reales y muy complejas. Hay dos puntos cruciales, en mi opinión, que las hacen relevantes para este tema: la frecuencia con que se acaban produciendo encuentros físicos entre miembros de las comunidades y la elaboración de normas de convivencia. Con sorprendente frecuencia, las grandes comunidades virtuales crean, por un lado, lugares físicos de encuentro para la comunidad en su conjunto, al mismo tiempo que el contacto entre individuos en comunidades tan grandes posibilita encontrar a personas afines a ti cerca de ti, con lo que la amistad virtual se torna amistad real (de nuevo, sin presuponer que la virtual sea falsa). Las relaciones por internet no tienen por qué quedarse ahí, y convertirse en vías de escape; pueden (y suelen) también volverse presencias físicas importantísimas en tu vida.


Y con la presencia física (aunque no sólo, pues también pasa con la mera convivencia virtual) aparece la necesidad de alcanzar acuerdos de convivencia. Así, las comunidades virtuales están pasando ahora mismo por un interesantísimo proceso de discusión y elaboración colectiva (de nuevo, no necesariamente explícita, pero sí cuando surgen problemas, como en la vida real) de normas y protocolos de respeto mutuo, de creación conjunta y de actuación en caso de no respetarse estos acuerdos. En la próxima entrada hablaré de la comunidad que mejor conozco: YouTube.

sábado, 28 de junio de 2014

Dankeschön

Escribo hoy, año y medio después, para despedirme de una amiga. Es sólo por un tiempo, pero, a la vez, es el final de una era. Y es que mis compañeros más fieles estos últimos meses han sido unos ojos azules, unos rasgos felinos y una risa capaz de hacer temblar las ventanas de un edificio. Y conversaciones sin prisa. Y silencios llenos de paz.
Se va a hacer raro pasar todo un verano sin verte. Es un verano como cualquier otro, pero esta vez no lo parece. Me despertaré los lunes y miércoles y pensaré en si hoy comerás en la facultad, y será gracioso y un poco amargo. Estaré leyendo frente al mar y sentiré que al silencio le falta una nota para estar completo. Sabes lo mucho que me alegro de que te vayas, pero ya te lo dije: echo de menos a las personas con las que creo rutinas.
Pero no escribo esto para lamentarme, sino al contrario: para celebrar. Ha pasado mucho tiempo desde que te planté un beso en la frente al despedirnos para otro verano, después de darle consejos a la extraña imagen que me había formado de ti, y ese tiempo nos ha sentado bien. Ha desaparecido el velo que en parte creaste tú y en parte inventé yo, y me doy cuenta de que, en realidad, eres transparente. Creo que eres la persona más equilibrada que conozco, y tu equilibrio es contagioso. Gracias por la serenidad que me has regalado.
Has sido una gran cómplice. Las miserias que nos rodeaban amenazaban con acabar conmigo, pero ahí estabas tú para reírte de tanta mezquindad y ahuyentar con tu risa a esos crueles cuervos. Te debo la mitad de mi salud mental, y nunca podré agradecértelo lo suficiente.
Ya sabes que me encanta mentir cuando mis mentiras son promesas. Pero esta vez no lo haré, porque no me hace falta. Me bastan estos meses y un paseo a orillas del Donau. Todo lo demás, lo que esté por venir, será un regalo. Y los regalos no se prometen: se hacen. Así que, una vez más, como he aprendido a hacer, callo.
Just one more thing: have a lovely time up in Plymouth!

xxx